jueves, 19 de noviembre de 2009

01. La mesa de enfrente


Son las tres de la mañana. ¿Qué hago yo aquí? Es la primera vez que me lo pregunto después de tanto tiempo. Estoy sentado en el mismo sitio, bebiendo lo mismo de siempre y viendo a la misma gente de siempre haciendo las mismas cosas de siempre. Hablan de los mismos temas de siempre, adulan a los mismos jugadores de fútbol de siempre y me miran con los mismos malos ojos de siempre.
El sitio es oscuro, el asiento cómodo y la música calmada. Llevo mucho tiempo viniendo a este sitio y sentándome aquí para beberme una o dos copas de Bourbon, según lo melancólico que me encuentre.
Aunque, ahora que lo pienso... ¿qué pasaría si me siento en esa otra mesa de enfrente? Un punto de vista distinto al de todas las noches...
Aunque en este momento no me voy a cambiar de lugar, estoy bien aquí y tengo la copa casi terminada. No me queda dinero para otra más, aunque hoy es uno de esos días los cuales me siento más vacío que nunca...

- ¿No hay dinero para otra más, pequeñin? -me dijo una voz que se encontraba al otro lado de la mesa. Yo seguía pendiente de mi cartera, contando los céntimos para ver si me llegaba para un chupito de cualquier mierda que pudiese hacerme olvidar todo.
- Nunca hay dinero. Nunca hay suficiente...
- ¿Y por qué siempre bebes a solas en este sitio?
- ¿Qué más dará?
- Nunca viene mal un poco de compañía, ¿no crees?
- ¿Me ves cara de necesitar a alguien? -fue entonces cuando levanté la vista. Me llegaría por la altura del pecho, y sus cabellos eran oscuros como la noche. Sus ojos, también oscuros, reflejaban un punto de inocencia que se perdía en sus labios de color rojo pasión.
- Hombre, buena cara no es que tengas...
- Estoy un poco bebido y triste, eso es todo.
- ¿Puedo saber el motivo? -dijo la joven, sentándose a mi lado.
- Temas de amor, ya sabes. Siempre es duro saber lo bello termina, y no suele terminar bien.
- ¿Te dejó?
- Si. Decía que quería ser libre, vivir sin ataduras...
- Ya se dará cuenta de lo que se pierde.
- ¿Y tú que sabes? -dije, algo cabreado- No me conoces. Es más, sólo con verme deberías pensar que no valgo para ésto...
- ¿Para qué?
- Para vivir...
- Yo sé que veo cómo cada noche pierdes una o dos horas en sentarte aquí, beberte tres o cuatro copas y volver borracho y casi llorando a casa. Y nunca vienes acompañado. Eso es lo que yo sé.
- ¿Y para qué saber más?
- Porque no creo que seas así. Seguro que tienes una vida mucho más interesante que esto...
- ¿Vida? -empecé a reir, ya no sabía ni por qué- soy como un zombie. Yo estoy muerto, pero sigo caminando.
- Siempre hay una pequeño atisbo de vida en una persona, aunque ya esté metido en la caja.
- Si tu lo dices...

No recuerdo mucho más de esa conversación. Ahora solo sé que, todas las noches vuelvo al mismo sitio, tomo lo mismo de siempre y veo a la misma gente hablando de lo mismo de siempre. Aunque ahora me siento en la mesa de enfrente, y nunca solo.


Antes era un borracho que escribe. Ahora soy un poeta ebrio que pasa las noches con su musa en la mesa de enfrente.

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