jueves, 19 de noviembre de 2009

02. Tú eres mi invitada hoy


Otra noche más me encuentro sentado en este oscuro antro. Esos tíos me molestan con sus comentarios repetitivos sobre los mismos temas. ¿No saben hablar de otra cosa? Aunque, ciertamente, las cosas se ven distintas desde esta mesa. Creo que es porque hay un poco más de luz debido a que está cerca de un foco. Aunque sigue siendo igual de oscura que siempre. Aunque hay cosas que no cambian, como es mi copa de bourbon con sus dos hielos. Podría decir que es hasta dulce para mis labios, aunque la garganta no piensa lo mismo que mi lengua.
Miro al infinito, situado más o menos entre la barra y la puerta de entrada. No pienso en nada, ¿para qué? Se vive mucho mejor así, sin motivos por los que preocuparse. Allí, en el infinito, no hay de qué preocuparse.

- ¿Qué buscas? -esa dulce voz me sobresaltó, tan dulce como el Bourbon que saboreaba... Se había sentado a mi lado sin yo siquiera haberme percatado- ¿Tan raro te sientes aquí sentado?
- No estaba atento a nada. No miro nada en concreto.
- ¿Y cuál es el motivo?
- Estaré ya borracho. Cada día tengo menos aguante...
- ¿Nunca has probado a tomar algo sin alcohol? -cuando me preguntó eso, la miré extrañado- A lo mejor todas tus penas se deben a eso...
- Mis penas son mucho mayores que un vaso de Bourbon. El alcohol es físico, el dolor es sentimental. Son dos niveles diferentes.
- Nunca me has contado el motivo de tu dolor. Siempre escribes sobre mí, poniéndome a mí como "musa" de tus obras, pero nunca me has dicho qué ocurrió para que estés así...

En ese momento sentí una punzada aguda en el pecho. Ella lo notó, y trató de pedir disculpas por algo que no conocía, aunque conseguí hacerla creer que no importaba.
De repente recordé una frase... "¿Qué nos echaban nuestras madres en las heridas para curarlas? Alcohol."
Apuré de un trago lo que me quedaba del vaso y noté como ese calor subía hasta mi cabeza. Todo el garito comenzó a dar vueltas, y no recuerdo nada más.

Lo siguiente que recuerdo es despertar en mi cama con dolor de cabeza, ganas de vomitar y un sentimiento de culpabilidad extraño en mí. ¿De qué me sentía culpable? Me levanté de la cama y me dirigí a la pequeña cocina. Sería por la resaca, pero me parecía que olía a café...

- Vaya nochecita... Menos mal que pudiste articular dónde vivias, aunque me costó entenderte. ¿Qué demonios te pasó?

Allí estaba, en la minúscula cocina, preparándome una taza de café. Tenía el pelo enmarañado, el maquillaje corrido y los ojos rojos.

- ¿Qué haces aquí? -mi garganta ardía, me costaba hablar.
- Hago café. ¿Quieres un poco?
- Me refiero a que quiero saber cómo has llegado hasta aquí.
- ¿No te acuerdas? Normal, tanto alcohol ya tiene que afectarte hasta en el cerebro. Anda, siéntante y tómate esto.

Menuda noche. Elena me recordó lo ocurrido: Tras el largo trago comencé a llorar desconsoladamente. Ella no entendía nada, y yo sólo sabía decir un nombre. Me sacó fuera, pero yo seguía llorando y repitiendo ese nombre. Diez o veinte minutos después dije la dirección de mi calle porque ella me lo estaba preguntando. Caí rendido en la cama nada más subir a casa.

- ¿Dónde has dormido tú?
- Aquí, en el sillón. Aunque no he podido dormir.
- No se por qué sigues preocupándote por mí.
- ¿A qué te refieres?
- Rimel corrido, ojos rojos... Yo lloré como un bebé, pero tu también. ¿Qué te ocurrió?
- Creo que verte en ese estado me llevó a estar mal. Pero lo importante es que tú estás bien. No le demos más vueltas al asunto.
- Deberías haberme tirado sobre el sillón y haberte acostado tú en la cama.
- ¿Qué más dará?
- Soy un tío mezquino, blando de corazón y quizá no todo lo amable que se pueda esperar. Pero si tengo invitados, me gusta que se sientan como en casa. Tú eres mi invitada hoy.

No hay comentarios:

Publicar un comentario