
Aquella mansión en ruinas era mi destino. Me acerqué con miedo a lo que pudiese ocurrir o lo que pudiese encontrarme mientras la exploraba.
El Hall era grande y luminoso, pero el polvo y un extraño hedor cubrían el ambiente. Los objetos, además de tener una capa de polvo grande, estaban podridos e incluso rotos. A la izquierda había una puerta enorme, y a la derecha un pasillo que daba a otras puertas. Frente a mí, las escaleras daban al piso superior.
Primero probé con el pasillo de la derecha. Las primeras habitaciones no tenían nada de especial, había el mismo halo de destrucción que en el Hall. Más adelante había un baño, algo terrorífico. En las paredes había sangre, y tanto el lavabo como la bañera estaban llenos del mismo líquido. Además, de la bañera surgía un brazo que pendía del borde sin vida.
No me quedé mucho más tiempo a observar la escena y pasé a la cocina, donde había más sangre por todas partes. En esta ocasión, cuerpos de personas sin cabeza colgaban del techo. Unos ganchos afilados atravesaban el pecho de los cadáveres, los cuales tenían cuchillos clavados y miembros cercenados.
Volví al Hall corriendo y asustado y, antes de cruzar el portón de salida me fijé en un detalle en especial: Una niña estaba sentada de espaldas a mí unos metros más alante, cerca de las escaleras. ¿Qué pintaba esa niña ahí? Me acerqué a ella lentamente...
- ¿Qué haces aquí, pequeña? -dije con la voz temblorosa- Este no es el mejor sitio para jugar.
- ¿Y qué haces tú aquí? -dijo ella, mirándome a los ojos. Era rubia, y tenía los ojos grises- Esta casa es muy grande...
- Si, ya lo sé. ¿Crees que hay algo que me pueda interesar en algún sitio de esta casa?
- En la buhardilla hay una caja rara, a lo mejor estás buscando eso -dijo la niña, algo extrañada.
- Probaré.
- Pero no subas las escaleras aún -me dijo, cuando ya estaba en el segundo escalón- Tienes que entrar antes al salón.
- ¿Para qué? -dije, dándome la vuelta para mirarla. Ya no estaba.
Cuerpos sin vida, sangre por todas partes, una niña que desaparece sin más... ¿Qué demonios ocurre aquí?
Pasé por la puerta grande, al salón. Me extrañé cuando, de repente, me encontré en medio de la calle principal de la ciudad. Se suponía que la mansión estaba en medio de ninguna parte, ¿cómo es posible que esta puerta diese a ese lugar? Caminé calle abajo, buscando el parque donde conocí a Gina. No había nadie, y era extraño no ver a nadie en una de las calles más transitadas de la ciudad. Antes de llegar me encontré con un mimo. Estaba quieto, y tenía un vaso con un cartel "Tengo hambre y frío, pero también respuestas." Busqué entre mis bolsillos y tiré una moneda al vaso. Al hacerlo, el mimo comenzó a representar un muro ficticio frente a sí, y en un momento determinado encontró un hueco, por el cual me entregó una llave. Tras coger la llave, el mimo volvió a su posición anterior y no se movió más. Seguí bajando la calle hasta el parque, y me fijé que al fondo de la avenida había una grandisima multitud de personas que invadían incluso la carretera. Era casi inaccesible el parque teniendo a tanta gente ahí.
Me fijé en que todas esas personas me miraban a mí, y no precisamente con buena cara. Es más, estaban avanzando hacia mí lentamente. Volví en mis pasos lentamente, y fui acelerando el paso cuando vi que toda esa gente comenzó a acelerar el suyo. Comencé a correr calle arriba mirando cómo unas diez mil personas me perseguían. Incluso el mimo se había unido a ellos en su cacería.
Cerré la puerta que daba a la casa tras cruzarla y la atranqué con la barra de unas cortinas que encontré tirada al lado. Lo más extraño de todo es que no sonaron los ruidos de la gente golpeando la puerta para pasar.
Y ahí estaba la niña, mirándome desde las escaleras. Sonreía mientras peinaba a su muñeca, desfigurada y llena de sangre.
- Muy bien, pequeña -dije, exhausto- ¿qué coño está pasando aquí? ¿Qué sabes sobre todo esto?
- Que hay una caja rara en la buhardilla -respondió con una risa infantil algo aterradora.
- Pues voy a la buhardilla -comencé a subir las escaleras sin mirar a la niña cuando ésta me agarró la pierna.
- Ten cuidado, David -me quedé petrificado al escuchar estas palabras. ¿Por qué sabía mi nombre?- esa gente te está buscando.
Miré al Hall desde lo alto de las escaleras. Allí estaban todos los que me perseguían por la calle principal, mirándome. No se movían, y gracias a ello pude observar que sus pupilas eran blancas. Lentamente subí las pocas escaleras que me quedaban hasta acceder al primer piso, observando a toda esa gente. Tal y como pensé, no movieron un dedo, pero la niña se levantó y se puso a mi lado.
El primer piso era un pasillo largo, con habitaciones a los lados, cuyo final era una escalera de caracol que daba al segundo piso. La pequeña se adelantó y señaló la primera habitación a la derecha. Miré a las dos que había a la izquierda antes de ir donde ella señalaba. En las habitaciones no había nada. Sólo eran salas vacías pintadas de blanco impoluto.
Lentamente abrí la puerta que la pequeña señalaba, cuando una luz me cegó. Cuando quise darme cuenta, estaba dentro de la sala y la puerta se cerró tras de mí. Recuperé la visión, y vi el local donde solía pasar las noches, y la mesa donde solía beber hasta salir borracho de allí. En ella estaba sentado yo, bebiendo. Mi imagen era horrible. De repente se acercó el camarero, el cual vestía de una forma extravagante: Tenía una especie de malla ajustada de cuadros rojos y blancos, y cuchillas en los dedos. Se acercó a la mesa de siempre y, ante mis ojos, le cortó la cabeza al David que se hallaba sentado en la mesa. Tras eso, miró a mi posición y se lanzó con las cuchillas por delante. Mi reacción fue saltar hacia atrás... Y me golpeé la cabeza en el pasillo del primer piso, mirando atónito la sala pintada de blanco. La niña, sonriente, seguía peinando a su muñeca. Cuando me levanté ella se dirigió a la escalera de caracol, por la cual yo subí sin mirar el contenido del resto de las habitaciones.
El segundo piso era del tamaño de la casa en sí. No había muros que creasen habitaciones, simplemente una alfombra roja que llegaba hasta un trono. Me acerqué al trono y pude ver a Elena, sentada con una postura cómoda mientras era abanicada por dos hombres de aspecto fuerte y torso perfectamente definido. Frente al trono había un hombre moreno.
- Bueno, bueno, bueno... -dijo Elena, aplaudiéndome- es increible que pudieses llegar hasta aquí...
- Elena, ¿qué coño es todo esto? -dije, gritando- acabo de ver al camarero cortarme la cabeza con un disfraz extrafalario y a una muchedumbre con los ojos blancos perseguirme. Y, ¿dónde está la niña que me ha seguido hasta aquí?
- Demasiadas preguntas, David -dijo Elena, riéndose- relájate y disfruta...
- ¿De qué cojones voy a disfrutar?
- De tu muerte...
El hombre moreno se dio la vuelta. Tenía una camiseta de tirantes para cubrir un poco su torso definido, unos pantalones de color rojo también ajustados y tres cuchillas que surgían del dorso de sus manos. Lo más curioso de ese tipo era la máscara de hierro plana que cubría su rostro.
Sin preguntar siquiera se lanzó a por mí y cortó con sus cuchillas mi ropa y me hirió en el brazo. Esquivé gran parte de sus ataques, pero me alcanzó en una pierna y en el pecho, los cuales sangraban abundantemente. En una arremetida suya, agarré su mano y le apuñalé con sus propias cuchillas. El hombre cayó al suelo, y la máscara se desprendió de su cara. Era un chico joven y guapo, pero nadie que yo conociese.
Al final de la sala, había una escalinata que daba acceso a la buhardilla. Elena se levantó y se dirigió hacia mí.
- Esa llave que tienes -dijo, un poco apenada mientras miraba el cadáver del jóven- es la llave del corazón de la persona que más quieres.
- La niña dijo algo de una caja rara en la buhardilla...
- Es un féretro. Puedes ir a verlo, si quieres.
- ¿Hay alguien en él?
- La persona que más quieres...
Subí a la buhardilla. Un rosetón daba luz al féretro. Me acerqué lentamente y abrí la tapa. La persona que se encontraba ahí tumbada era yo, y tenía un amplio boquete en el pecho, que atravesaba la ropa y las costillas. La niña estaba a mi lado, pero ni siquiera atisbé su presencia. Ella me miró sonriente.
- Llegas tarde. Ya se ha llevado tu corazón...
Llovía, y yo estaba sudando. Mi grito despertó a Elena, que se abrazó a mí a pesar de mi estado.
- ¿Qué ocurre? -dijo, preocupada.
- He tenido una pesadilla...










