domingo, 29 de noviembre de 2009

13. He tenido una pesadilla...


Aquella mansión en ruinas era mi destino. Me acerqué con miedo a lo que pudiese ocurrir o lo que pudiese encontrarme mientras la exploraba.
El Hall era grande y luminoso, pero el polvo y un extraño hedor cubrían el ambiente. Los objetos, además de tener una capa de polvo grande, estaban podridos e incluso rotos. A la izquierda había una puerta enorme, y a la derecha un pasillo que daba a otras puertas. Frente a mí, las escaleras daban al piso superior.
Primero probé con el pasillo de la derecha. Las primeras habitaciones no tenían nada de especial, había el mismo halo de destrucción que en el Hall. Más adelante había un baño, algo terrorífico. En las paredes había sangre, y tanto el lavabo como la bañera estaban llenos del mismo líquido. Además, de la bañera surgía un brazo que pendía del borde sin vida.
No me quedé mucho más tiempo a observar la escena y pasé a la cocina, donde había más sangre por todas partes. En esta ocasión, cuerpos de personas sin cabeza colgaban del techo. Unos ganchos afilados atravesaban el pecho de los cadáveres, los cuales tenían cuchillos clavados y miembros cercenados.
Volví al Hall corriendo y asustado y, antes de cruzar el portón de salida me fijé en un detalle en especial: Una niña estaba sentada de espaldas a mí unos metros más alante, cerca de las escaleras. ¿Qué pintaba esa niña ahí? Me acerqué a ella lentamente...

- ¿Qué haces aquí, pequeña? -dije con la voz temblorosa- Este no es el mejor sitio para jugar.
- ¿Y qué haces tú aquí? -dijo ella, mirándome a los ojos. Era rubia, y tenía los ojos grises- Esta casa es muy grande...
- Si, ya lo sé. ¿Crees que hay algo que me pueda interesar en algún sitio de esta casa?
- En la buhardilla hay una caja rara, a lo mejor estás buscando eso -dijo la niña, algo extrañada.
- Probaré.
- Pero no subas las escaleras aún -me dijo, cuando ya estaba en el segundo escalón- Tienes que entrar antes al salón.
- ¿Para qué? -dije, dándome la vuelta para mirarla. Ya no estaba.

Cuerpos sin vida, sangre por todas partes, una niña que desaparece sin más... ¿Qué demonios ocurre aquí?

Pasé por la puerta grande, al salón. Me extrañé cuando, de repente, me encontré en medio de la calle principal de la ciudad. Se suponía que la mansión estaba en medio de ninguna parte, ¿cómo es posible que esta puerta diese a ese lugar? Caminé calle abajo, buscando el parque donde conocí a Gina. No había nadie, y era extraño no ver a nadie en una de las calles más transitadas de la ciudad. Antes de llegar me encontré con un mimo. Estaba quieto, y tenía un vaso con un cartel "Tengo hambre y frío, pero también respuestas." Busqué entre mis bolsillos y tiré una moneda al vaso. Al hacerlo, el mimo comenzó a representar un muro ficticio frente a sí, y en un momento determinado encontró un hueco, por el cual me entregó una llave. Tras coger la llave, el mimo volvió a su posición anterior y no se movió más. Seguí bajando la calle hasta el parque, y me fijé que al fondo de la avenida había una grandisima multitud de personas que invadían incluso la carretera. Era casi inaccesible el parque teniendo a tanta gente ahí.
Me fijé en que todas esas personas me miraban a mí, y no precisamente con buena cara. Es más, estaban avanzando hacia mí lentamente. Volví en mis pasos lentamente, y fui acelerando el paso cuando vi que toda esa gente comenzó a acelerar el suyo. Comencé a correr calle arriba mirando cómo unas diez mil personas me perseguían. Incluso el mimo se había unido a ellos en su cacería.
Cerré la puerta que daba a la casa tras cruzarla y la atranqué con la barra de unas cortinas que encontré tirada al lado. Lo más extraño de todo es que no sonaron los ruidos de la gente golpeando la puerta para pasar.
Y ahí estaba la niña, mirándome desde las escaleras. Sonreía mientras peinaba a su muñeca, desfigurada y llena de sangre.

- Muy bien, pequeña -dije, exhausto- ¿qué coño está pasando aquí? ¿Qué sabes sobre todo esto?
- Que hay una caja rara en la buhardilla -respondió con una risa infantil algo aterradora.
- Pues voy a la buhardilla -comencé a subir las escaleras sin mirar a la niña cuando ésta me agarró la pierna.
- Ten cuidado, David -me quedé petrificado al escuchar estas palabras. ¿Por qué sabía mi nombre?- esa gente te está buscando.

Miré al Hall desde lo alto de las escaleras. Allí estaban todos los que me perseguían por la calle principal, mirándome. No se movían, y gracias a ello pude observar que sus pupilas eran blancas. Lentamente subí las pocas escaleras que me quedaban hasta acceder al primer piso, observando a toda esa gente. Tal y como pensé, no movieron un dedo, pero la niña se levantó y se puso a mi lado.
El primer piso era un pasillo largo, con habitaciones a los lados, cuyo final era una escalera de caracol que daba al segundo piso. La pequeña se adelantó y señaló la primera habitación a la derecha. Miré a las dos que había a la izquierda antes de ir donde ella señalaba. En las habitaciones no había nada. Sólo eran salas vacías pintadas de blanco impoluto.

Lentamente abrí la puerta que la pequeña señalaba, cuando una luz me cegó. Cuando quise darme cuenta, estaba dentro de la sala y la puerta se cerró tras de mí. Recuperé la visión, y vi el local donde solía pasar las noches, y la mesa donde solía beber hasta salir borracho de allí. En ella estaba sentado yo, bebiendo. Mi imagen era horrible. De repente se acercó el camarero, el cual vestía de una forma extravagante: Tenía una especie de malla ajustada de cuadros rojos y blancos, y cuchillas en los dedos. Se acercó a la mesa de siempre y, ante mis ojos, le cortó la cabeza al David que se hallaba sentado en la mesa. Tras eso, miró a mi posición y se lanzó con las cuchillas por delante. Mi reacción fue saltar hacia atrás... Y me golpeé la cabeza en el pasillo del primer piso, mirando atónito la sala pintada de blanco. La niña, sonriente, seguía peinando a su muñeca. Cuando me levanté ella se dirigió a la escalera de caracol, por la cual yo subí sin mirar el contenido del resto de las habitaciones.

El segundo piso era del tamaño de la casa en sí. No había muros que creasen habitaciones, simplemente una alfombra roja que llegaba hasta un trono. Me acerqué al trono y pude ver a Elena, sentada con una postura cómoda mientras era abanicada por dos hombres de aspecto fuerte y torso perfectamente definido. Frente al trono había un hombre moreno.

- Bueno, bueno, bueno... -dijo Elena, aplaudiéndome- es increible que pudieses llegar hasta aquí...
- Elena, ¿qué coño es todo esto? -dije, gritando- acabo de ver al camarero cortarme la cabeza con un disfraz extrafalario y a una muchedumbre con los ojos blancos perseguirme. Y, ¿dónde está la niña que me ha seguido hasta aquí?
- Demasiadas preguntas, David -dijo Elena, riéndose- relájate y disfruta...
- ¿De qué cojones voy a disfrutar?
- De tu muerte...

El hombre moreno se dio la vuelta. Tenía una camiseta de tirantes para cubrir un poco su torso definido, unos pantalones de color rojo también ajustados y tres cuchillas que surgían del dorso de sus manos. Lo más curioso de ese tipo era la máscara de hierro plana que cubría su rostro.
Sin preguntar siquiera se lanzó a por mí y cortó con sus cuchillas mi ropa y me hirió en el brazo. Esquivé gran parte de sus ataques, pero me alcanzó en una pierna y en el pecho, los cuales sangraban abundantemente. En una arremetida suya, agarré su mano y le apuñalé con sus propias cuchillas. El hombre cayó al suelo, y la máscara se desprendió de su cara. Era un chico joven y guapo, pero nadie que yo conociese.

Al final de la sala, había una escalinata que daba acceso a la buhardilla. Elena se levantó y se dirigió hacia mí.

- Esa llave que tienes -dijo, un poco apenada mientras miraba el cadáver del jóven- es la llave del corazón de la persona que más quieres.
- La niña dijo algo de una caja rara en la buhardilla...
- Es un féretro. Puedes ir a verlo, si quieres.
- ¿Hay alguien en él?
- La persona que más quieres...

Subí a la buhardilla. Un rosetón daba luz al féretro. Me acerqué lentamente y abrí la tapa. La persona que se encontraba ahí tumbada era yo, y tenía un amplio boquete en el pecho, que atravesaba la ropa y las costillas. La niña estaba a mi lado, pero ni siquiera atisbé su presencia. Ella me miró sonriente.

- Llegas tarde. Ya se ha llevado tu corazón...


Llovía, y yo estaba sudando. Mi grito despertó a Elena, que se abrazó a mí a pesar de mi estado.

- ¿Qué ocurre? -dijo, preocupada.
- He tenido una pesadilla...

jueves, 26 de noviembre de 2009

12. Pues hoy no es tu día, machote...


Ha sido una mañana productiva, de alguna forma. Elena parecía muy desanimada, pero la he llevado de compras por el centro y he conseguido arrancarla una sonrisa. Además, hemos ido a comer a un restaurante de comida asiática, la cual parece que le encanta. Después paseamos un rato por la ciudad abarrotada. Llovía, pero parecía que a ella le gusta la lluvia tanto como a mí.
Ahora estoy sentado tranquilamente, con ella apoyada sobre mí mientras mira su móvil. Yo sigo leyendo Bécquer, y no parece que le moleste. La casa está tranquila. Oscuridad casi total, el sonido de la lluvia en la calle, de las hojas de mi libro al pasar y del corazón de Elena palpitar.

- He de salir un momento -dijo, al cabo de un rato- Espero que no te importe...
- ¿Por qué tendría que importarme? -dije, un poco extrañado.
- No sé... ¿No te preocupa que salga por esa puerta y no vuelva a entrar aquí más?
- ¿Tienes pensado no volver? -pregunté, con curiosidad.
- La verdad es que tenía pensado volver en un rato, pero si no quieres...

No dejé que hablara más. Corté la conversación con un beso. Fue instintivo, casi espontáneo, pero por suerte fue correspondido. Tras largos minutos, separó sus dulces labios de los míos y se fue.

Ya era de noche, y yo había terminado ya de leer todas las Rimas. Hacía Zapping sin buscar nada en especial y, cuando me cansé, me puse a recoger la cocina. Pude ver que el cubo de basura estaba lleno, y ya que no tenía nada mejor que hacer me dispuse a llevar la bolsa al contenedor.
Bajé las escaleras a oscuras porque era muy tarde. Estaba preocupado por Elena, pero era lo suficientemente responsable como para volver sana y salva.
Antes de salir, dentro del portal, en la zona más oscura, había dos personas. No podía distinguir sus caras, ni lo que decían. Pero podía saber por el tono de las voces que eran un hombre y una mujer.
No se percataron de mi presencia, y antes de salir por la puerta principal me paré a escuchar lo que decían por un instante.

- ... no seas frígida, ambos sabemos lo que queremos -dijo el hombre, con un tono de voz seductor.
- Aquí no, Axel -dijo la chica, susurrando- ¿es que quieres que nos vean?
- ¿Que nos vea quién? -dijo el tal Axel, subiendo el tono de su voz- son las once de la noche.
- No quiero y punto, tengo cosas que hacer.
- Te arrepentirás. Sabes que yo no paro hasta conseguir lo que me propongo...
- Pues hoy no es tu día, machote -susurró la chica, antes de subir escaleras arriba.

Yo me fui al contenedor que había dos calles más atrás pensando en la extraña pareja que había en mi portal. ¿Qué demonios iban a hacer? Me estoy quedando anticuado...

Cuando volví a casa, Elena estaba tumbada en el sillón.

- ¿Dónde te habías metido? -dijo, con tono de preocupación- Volví a casa y no estabas, pensé que el que se había ido para no volver eras tú.
- Fui a tirar la basura. Los cubos están un poco lejos de aquí. ¿Dónde has estado toda la tarde?
- He ido a visitar la tumba de mi padre -respondió- No quería hacerlo en presencia de mi madre.
- ¿Qué ocurrió con tu madre?
- Verás, ella y yo nunca nos hemos llevado bien. Cuando tenía 12 años me obligaba a ir a por drogas para ella y me pegaba... Además, es bulímica. Mi padre no aguantaba eso, y trató de ayudarla, pero no pudo. Era un hombre muy honrado, y estaba enamorado de mi madre. Si no, ya la hubiese dejado.
- ¿Y por qué no estaba en el hospital?
- Porque sabía que iría yo. Ella me odia, y siempre hace lo posible por no verme.

Después de aquella charla, ambos tomamos algo ligero para cenar y nos fuimos a la cama. Primero pensé que ibamos a dormir, pero cuando me estaba poniendo el pijama una mano tiró de mi camiseta para lanzarme contra el amplio colchón. Esa noche, Elena quería guerra...

miércoles, 25 de noviembre de 2009

11. Volverán las oscuras golondrinas...


XXXI

Nuestra pasión fue un trágico sainete
en cuya absurda fábula
lo cómico y lo grave confundidos
risas y llanto arrancan.

Pero fue lo peor de aquella historia
que al fin de la jornada
a ella tocaron lágrimas y risas
y a mí, sólo las lágrimas.


Elena está durmiendo, ha sido un día muy duro y no dejó de llorar hasta que se quedó dormida por agotamiento. Yo sigo tumbado a su lado, pero mientras espero a que se despierte leo un poco.
Podré leer las Rimas de Bécquer diez millones de veces, pero jamás me cansaré de ellas. Todo el amor que es capaz de expresar, y todo el dolor que puede transmitir no tienen igual en el mundo actual.

Recuerdo cuando leí el libro por primera vez...


Era una tarde de otoño. Las hojas caían a mi alrededor y la lectura se hacía más placentera en el parque escuchando la naturaleza. Los niños jugaban, las parejas paseaban y no había motivos por los que preocuparse. Estaba nublado, y tenía pinta de que iba a llover, pero ese motivo no me turbaba en absoluto. Amo la lluvia, y sería el broche de oro a una bella tarde.
Lo bueno es que la copa del árbol me protegía, y comenzó a chispear. Todos se dispersaron, excepto una chica, que se acercó al árbol donde yo me cobijaba.

- ¿Podría resguardarme aquí? -dijo con una inocente voz.
- No veo por qué no -dije, haciéndola un hueco a mi lado. Ella se sentó y miró mi libro.
- Cómo era... Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar...
- Esa es una de las más conocidas -por primera vez me fijé bien en la chica. Era rubia, muy guapa, y tenía los ojos claros. Su sonrisa me atrapaba, y su mirada me atraía.
- Pero esas son de las más tristes, la verdad...
- Si, yo prefiero otras.
- Si ahora mismo tuvieses que decirme alguna de esas rimas para conquistarme, ¿cuál utilizarías?

Me quedé asombrado. ¿A qué venía esa pregunta? Si ni siquiera la conocía...

- Hombre... ¿para qué querrías que yo te conquistase?
- No creo que un hombre con pareja le guste sentarse a leer bajo la lluvia pudiendo estar con la mujer de su vida...
- No sé...
- Vamos, impresióname...

Dudé un momento, escogí cuidadosamente las estrofas y recité con toda la energía que tenía...

- ¿Qué es poesía? —dices, mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía...? ¿Y tú me lo preguntas?
¡Poesía... eres tú!

- No pensé que fueses a utilizar mi favorita...
- También es mi favorita. ¿Te conquisté?
- Bueno, no te lo voy a negar... -dijo, un poco sonrojada.
- Por cierto, me llamo David. Encantado de conocerte...
- Gina, me llamo Gina.


- Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar... -dijo Elena, mirándome desde la almohada- y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán.
- ¿Te gusta Bécquer?
- No tanto como a tí, por lo que parece...
- ¿Por qué lo dices?
- Yo no lloro leyendo.

Era cierto. Dos lágrimas recorrían mis mejillas y se perdían entre mi barba. Recordar aquello me hizo sentir un poco mal, pero nada que no curasen los besos de mi musa...

martes, 24 de noviembre de 2009

10. Querida Elena...


- Son las tres y media de la mañana, tío. Espero que sea importante...
- Traigo una carta para la señorita Elena Ibarra.
- ¿Qué demonios...?
- ¿Se encuentra aquí?
- Si, pero está durmiendo. Deme la carta, ya se la entregaré yo cuando se despierte.
- Siento las molestias.

¿Qué cojones está ocurriendo aquí? ¿Cómo demonios saben que Elena está aquí? Y todo para traerla esta carta. Sólo tiene el nombre de Elena puesto, pero no pone dirección ni nada. El remitente es Javier Ibarra. Será algún familiar suyo, pero sigo preguntándome por qué demonios saben que Elena está aqui.
Aunque, ahora que lo pienso... Ya leí el mensaje de Victor. Creo que si leo esta carta tampoco va a pasar nada...

Querida Elena:

Te escribo esta carta desde el Hospital de la ciudad. Creo que puedes saber por qué lo hago desde aquí y no desde casa. Básicamente, se ha extendido y no hay tratamientos posibles para curarme. Dicen que, con una quimioterapia especial, pueden alargar mi vida un mes, porque me han dado unos días de vida si tengo suerte y si no sigo el tratamiento. Pero, ¿qué importará una semana antes o una semana después? Y no quería morir sin antes decirte algunas cosas que nunca me atreví a decirte.

Ya sé que la situación en casa no era buena, pero hice lo que pude para criarte con todos los caprichos posibles. ¿Sabes cuánto me costó aquella casa de muñecas con la que jugabas de pequeña? Me costó estar fuera de casa durante un mes entero, trabajando de sol a sol, y todo para que mi niña fuese feliz. Todo para mi niña. Sabes que tu madre no puede hacer mucho más por tí, y también sabes que no es muy dada a mostrar todo su afecto, pero ella te quiere mucho, y seguro que ahora necesitará un pequeño apoyo.

Qué más puedo decir... Mi vida empezó a tener sentido cuando te tuve en mis brazos. Hace 19 años que soy feliz, y hace 16 que me dijeron que tenía esta enfermedad. Aún así, he disfrutado de todo este tiempo contigo, viéndote crecer día a día y sonreir día a día. No me importaba cómo, no me importaba ni cuándo ni dónde. Simplemente me importaba que tú estuvieses bien, porque simplemente ver tu sonrisa me hacía feliz.

Y ahora que me estoy muriendo quería decirte lo afortunado que me siento sabiendo que tú, estés donde estés, me querrás como yo lo hago a tí. Sé que soy muy empalagoso, pero no tendré la oportunidad de decírtelo de nuevo más.

Sé feliz, y no te dejes llevar por los problemas que te rodean. La vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento. Moriré pronto, pero serás tú lo último que recorra mi cabeza antes de entrar en el sueño eterno, y eso me anima.

Te quiero, mi ángel. No te olvidaré jamás, y espero que tú a mí tampoco.

- ¿Qué ocurre, David? -me preguntó Elena, desde la cama- ¿Quién era?
- Elena... -dije con voz temblorosa- Ven aquí ahora mismo.
- ¿Qué ha ocurrido? -me preguntó preocupada- ¿qué es esa carta?
- Creo que deberías leer esto. Yo iré a por agua, porque seguramente necesites echar un trago después.

Y así fue. La tinta de la carta estaba corrida por las lágrimas que caían de las mejillas de Elena. Lloraba como una niña pequeña sin consuelo posible. Yo tampoco fui capaz de hacerla reaccionar.
Hice que se vistiese y la llevé al hospital para que viese a su padre y hablase con él. Las enfermeras rehusaban a dejarnos entrar debido a que el horario de visitas ya había terminado, pero las lágrimas de Elena eran suficiente para hacer la vista gorda y llevarnos a la habitación de Javier Ibarra.

En la puerta de la habitación había dos enfermeros y un médico. Éste tenía un informe en la mano, en el cual escribía algo.

- Disculpen, este no es horario de visitas -dijo, al vernos.
- Sólo quiero ver a mi padre... -balbuceó mi acompañante.
- ¿Es usted Elena Ibarra?
- Si, soy yo.
- Tiene que firmar aquí -dijo, enseñandole un formulario- porque es la única familiar cercana.
- ¿Qué es?
- Pues... -el doctor se sintió un poco cohibido al hablar- es el certificado de defunción. Su padre ha muerto hace unos minutos. Lo último que dijo fue "Elena". Lo siento mucho.

Esa noche, Elena y yo la pasamos al lado del cuerpo de Javier Ibarra. Ella apenas parpadeaba, y yo no podía contener las lágrimas mientras la abrazaba. No dijo nada hasta que se llevaron el cuerpo para ser enterrado.

- No quiero ir -dijo Elena, mientras la llevaba al cementerio- no quiero ver a mi madre.
- ¿No vas a ir al entierro de tu padre? -dije, atónito.
- No se va a mover de ahí, podremos verle en otro momento.

No discutí más, y dirigí el coche a casa de nuevo.

09. ¿Buscas algo en especial?


Ahí está, recogiendo un poco la casa. Ordena los cajones, quita el polvo de las encimeras y saca de todos los armarios las cosas que ya no valen. Siempre que me mira, sonríe y continúa con su trabajo. ¿Es que ahora mi musa se ha transformado en un ama de casa?
Yo no atino a hacer nada, estoy sentado en el sillón con una botella de Heineken observando cómo ella limpia cada rincón de mi casa y no me atrevo a levantarme y decir "Déjalo, ya lo hago yo" o cualquier otra frase hecha para ahorrar a la jóven Elena un poco de trabajo.

Tras recoger la cocina, se tumbó en el sillon apoyándose sobre mí y con otra botella de Heineken abierta. Estaba exhausta, e incluso un poco sudorosa, aunque ese motivo no me retraía. Apoyé la mano sobre su vientre mientras la abrazaba y bebí de mi botella con el brazo que me quedaba libre. Ella hacía algo similar: Tenía su mano apoyada sobre la mía, y con la otra pegaba un largo trago a su cerveza.

- No te tenías que haber molestado, Elena -dije al fin- No tenía que haberte dejado hacer esto...
- ¿Qué más da? Esta casa necesitaba un buen repaso -repuso ella, riendo- Además, ¿lo hubieses hecho tú?
- Pues... Tenía pensado hacerlo un día de estos...
- Desde el garito mediante la telepatía, ¿verdad?
- No, yo... Bueno, vale. No tenía pensado recoger mi casa hasta este punto, la verdad.
- La regla se cumple -dijo ella entre risas.
- ¿Una de tus reglas?
- No, una regla general. No podeis vivir sin nosotras, porque al final terminaríais viviendo con una capa de mierda de 50 centímetros en el suelo y pasaríais olímpicamente de ello.
- Tampoco te pases...
- Todos os imagináis la típica ama de casa sexy con su cofia y su mini falda. ¿No te das cuenta de que no existen? Y si existen, tu sueldo no te permitiría tenerla aquí.
- Nunca tuve esa fantasía...
- Pues eres el primer hombre que conozco que no la tiene.

Tras esta charla, pegó el último trago a su botella y se fue a dar una ducha.
Escuchaba el agua caer sobre su esbelto cuerpo desde el sillón. Sólo sonaba eso en el silencio casi sepulcral de la casa. Bueno, había una frase que resonaba en mi cabeza una y otra vez...

Quizá ella esté aprovechándose de usted, pero... ¿Hay alguna norma que le prohiba a usted aprovecharse de ella...?

- Tranquilo, ya termino -dijo Elena al escuchar abrirse la puerta del baño.
- No, no te preocupes por eso.
- ¿Buscas algo en especial?

Un hormigueo recorrió mi columna vertebral, llegó a mi cerebro y de ahí se expandió a cada una de mis extremidades, que comenzaron a moverse más por instinto que por raciocinio.

- Si que busco algo -dije, corriendo la mampara a un lado mientras ella miraba atónita que la ropa que llevaba puesta ya no estaba sobre mi cuerpo, sino en el suelo- y es a tí.

domingo, 22 de noviembre de 2009

08. Las almohadas no te devuelven los besos


Es tarde, pero yo no tengo sueño. Elena duerme a mi lado, ella sí estaba cansada, y ahora está abrazándose a la almohada como si fuese un peluche. He de admitir que yo también lo hago, pero menos a menudo.
Da gusto dormir acompañado. Es distinto abrazar una almohada que a una persona, porque las almohadas no te devuelven los besos.
Aunque ahora no es el momento de observar a Elena. Es el momento de aderezar mis pensamientos y sentimientos. Y sé que sólo seré capaz de hacerlo en un sitio en concreto...

- Jack Daniel's, ¿no? -me dijo el camarero, sonriente- me resultó raro no haberle visto antes, señor.
- Han pasado muchas cosas, pero soy fiel a este asiento -decía, mientras volvía a sentarme en la mesa de siempre. La mesa de enfrente se me hacía demasiado rara si no estaba Elena en ella.
- ¿Dónde se encuentra su acompañante, señor? -preguntó el camarero cuando me trajo la bebida.
- Está durmiendo.
- ¿En su casa?
- No, en la mía.
- A esa casa me refería, señor -dijo el camarero entre risas- no estaba tuteándole.
- Puedes hacerlo, no merezco tantos honores.
- Señor, toda persona que viene a mi local merece todos mis respetos, y más usted, que es un cliente habitual.
- Sólo soy un borracho más.
- Del cual ella se está aprovechando... -dijo para sí el camarero.
- ¿Disculpa?
- ¿Ha vaciado ya su mini-bar, señor?
- Pues...
- ¿Ya ha dormido con usted, señor?
- ¿Cómo sabes tantas cosas?
- Es su estilo, ella lo llama sus "reglas".
- ¿Conoces sus reglas? -pregunté con mucha curiosidad.
- No las conoce ni ella. Por así decirlo, elige a sus "víctimas" y vive con ellos durante un tiempo para ver si es el tío adecuado o no.
- ¿Qué sabes sobre ella?
- No mucho -dijo él, sentándose al lado mía en los amplios sillones que rodeaban la mesa donde me encontraba- tiene trabajo, y es muy fiel a él. Pero cuando elige a sus nuevas opciones pide permisos de una duración total al tiempo con el que se puede encontrar con su "víctima". Ahora ha pedido uno de una semana, según he podido escuchar...
- La semana que va a pasar conmigo... Sólo a mí me podían pasar estas cosas...
- Si me permite darle un consejo -repuso el camarero, levantándose de nuevo para seguir con su trabajo- disfrute del momento, haga caso al tópico del Carpe Diem. Quizá ella esté aprovechándose de usted, pero... ¿Hay alguna norma que le prohiba a usted aprovecharse de ella? Piense en ello.

Y ahí me quedé, pasmado, con mi copa de Jack Daniel's en la mano y pensando que la musa que había encontrado no era tan musa como me esperaba...

Volví a casa una hora después. Sólo fui capaz de tomarme una copa. Cuando llegué, Elena seguía durmiendo. Me fijé en esa inocencia que la caracterizaba, con esa belleza oculta que me atrapaba... ¿Sería ella capaz de hacer todo lo que el camarero dijo? El tiempo lo diría. Exactamente, seis días.

viernes, 20 de noviembre de 2009

07. Eso es lo único que tienes que saber...


Han pasado ya dos horas, y Elena no para de llorar. ¿Quién demonios será ese tal Victor? No había visto a mi musa así nunca, y de alguna forma me está afectando. Porque, poco a poco, estoy creando un vínculo muy fuerte con ella. Y ver cómo se me desploma en los brazos no es nada divertido. Es más, estoy empezando a llorar yo también. Lo único que sé hacer ahora es decir "Traquila", "ya pasó" y besarla en la frente y el pelo, que es lo único que deja ver tras los brazos que cubren su rostro.

- Tranquila, ya pasó -le decía mientras secaba las lágrimas de su rostro- Estoy aquí, no voy a dejar que te ocurra nada malo.
- No sé cómo agradecerte esto -decía ella, mientras me besaba- jamás sabré agradecerte todas las horas que pasas a mi lado...
- No tienes por qué agradecérmelo, cariño. Te amo, Gina. Eso es lo único que tienes que saber...

Cuando recobré la conciencia, estaba hecho un ovillo en el sillón y tenía a Elena a mi lado. Sus ojos estaban rojos, seguía llorando, pero ya no parecía llorar por el motivo que antes la llevó a estar así...

- ¿Estás bien? ¿Qué te ocurre? Responde, por favor...
- ¿Elena? -balbuceé
- Joder, por fin. Voy a por un poco de agua, espera aquí.

Salió corriendo a la cocina, abrió la nevera y sacó una botella de agua y un vaso del mueble. Eran las seis de la tarde, pero ya era de noche. Poco a poco fui recomponiéndome y me senté. En ese momento apareció Elena con un vaso de agua, del cual no fui capaz de beber más que la mitad.

- Joder, estaba preocupada -dijo, secándose las lágrimas- ¿Qué coño te ha pasado?
- He tenido un pequeño flashback...
- ¿Flashback? ¡Te desmayaste sin motivo alguno! No respondías, no hablabas. Apenas respirabas...
- ¿Qué...?
- Sólo sabías decir "Tranquila, ya pasó", y no se qué de "cariño"...
- ¿Cuánto tiempo ha pasado?
- Tres horas y media, aproximadamente.
- Cuando te vi llorar, no sabía cómo actuar. Y de repente tuve un flashback de una situación similar que tuve con Gina. Estaba en la calle, y la atracaron. Cuando llegué yo, ella estaba tirada en el suelo y llorando. Se tiró un buen rato en shock, hasta que pudo rehacerse. Yo me tiré todo el tiempo abrazándola y besándola... Siento no haber podido ser de más ayuda para tí, Elena. Te encontrabas mal y no he sabido consolarte...
- Tranquilo -me dijo ella, más calmada- estas cosas pasan, y te comprendo perfectamente. Ahora solo tienes que descansar.

Elena me acompañó hasta la cama, donde me acosté temblando. Ella se tumbó a mi lado y me abrazó. No quería dormirme, pero ella se ocupó de relajarme con sus besos y caricias. Traté de aportar algo también con algún beso ocasional, pero temblaba demasiado para hacerlo bien.
Unos minutos después, me fijé que de los ojos de mi musa se escapaban algunas lágrimas. Al verlo, la abrazé con fuerza y acaricié sus cabellos hasta que ambos, por el agotamiento, nos quedamos dormidos.

06. Y no dijo nada más


Una semana. Siete días viviendo con la más maravillosa de las mujeres y, a la vez, con el más complicado de los misterios, el cual reside en mi corazón.
Mi casa está desordenada, mi mini-bar seco y ahora parece que mi casa está más vacía aún. Elena dijo que saldría un momento, y hace ya unas dos horas que se fué.
Seguramente es cierto, sólo me quería para pasar una buena noche, vaciar mi despensa y largarse para no volver más. Y ahora estoy mirando a la puerta, sin pensar en otra cosa que no sea su regreso. ¿Dónde demonios se ha metido?

Mientras recogía el desorden en el que se había convertido mi casa, encontré un móvil. No era el mío, y por mi casa no ha pasado nadie desde que Gina se fue. Por tanto, el móvil sólo puede ser de Elena. Tenía un mensaje sin leer, y no pude evitar abrirlo.

Ya no te diré nada más, Elena. Eres una niñata, no tienes conocimiento ninguno de lo que es el amor y sólo vives por encontrar una buena polla que meterte a la boca. Espero que tu próxima víctima sea inteligente y te eche de su vida cuanto antes. Hasta nunca.

El que creó este mensaje se llamaba Victor, según ponía en el móvil. Seguía leyendo esas líneas con la boca abierta cuando de repente escuché un ruido. Era el de unas llaves abrir la puerta de casa.
Elena entró con varias bolsas de plástico y una mochila pequeña, y me dirigió una mirada de disculpa.

- Siento haber tardado tanto -dijo con esa dulce voz que la caracterizaba- El tipo de la joyería tardó más de lo que esperaba, pero por fin terminó. Por cierto... ¿Qué haces con mi móvil?
- Te mandaron un mensaje... -respondí con un tono de culpabilidad- No podí evitar leerlo.
- ¿De quién es? -preguntó ella mientras sacaba comida de las bolsas de plástico
- De un tal Victor... -al decir esto, el frasco de cristal que sostenía se le cayó al suelo.

Temblando, se acercó a mí y leyó el mensaje, sentada a mi lado. Comenzó a escribir una respuesta, pero instantes después echó a llorar sin consuelo. En un ataque de rabia lanzó el teléfono por la ventana, que afortunadamente se encontraba abierta. De su boca solo salían infamias y menciones a los familiares tanto vivos como difuntos de aquel que le mandó el mensaje. Tras eso, continuó llorando.

- Yo... -parecía que se había olvidado de hablar- no quería terminar así, yo...
- Tranquila, Elena -la dije, abrazándola- te comprendo. No tienes por qué decir nada más.

Y no dijo nada más.

jueves, 19 de noviembre de 2009

05. Las niñas ya no creen en los cuentos de hadas...


¿Estoy haciendo bien? ¿O me estoy equivocando? Desgraciadamente, la respuesta a estas preguntas no está en el techo de mi habitación, que es donde dirijo mi mirada ahora mismo. Su brazo rodea mi pecho, y su rostro satisfecho descansa sobre mi regazo. Y la pregunta que más me estremece ahora es... ¿Quién es ella?
Sé que se llama Elena, que viene todas las noches al local para estar conmigo y ayudarme a escribir. Sé que es preciosa y que me aturde cada vez que me besa. Pero, ¿por qué me besa? ¡Si ni siquiera me conoce!
Además, tengo un sentimiento muy raro en mi interior. Me siento culpable. Culpable de estar con la mujer más maravillosa del mundo y pensar en qué puede decir Gina sobre esto. ¿Es que Gina tiene algo que ver? Ya no existe, y sin embargo, sigo estando atado a ella, como un perrito faldero.
Es como si mi corazón hubiese dejado de latir. Un sentimiento anula al otro. La tristeza de la pérdida se anula con la felicidad de la presencia. La pasión acaba con mi pereza, y un amor anula al otro.
Soy un robot. Sigo órdenes sencillas y razono problemas más complejos, pero no puedo sentir.

- Tengo un poco de hambre -dijo Elena, que se levantó de la cama y se dirigió a la cocina en la penumbra. La oscuridad cubría la habitación, aunque la luz de la luna se reflejaba en su cuidado y brillante cuerpo, debido al sudor.

Seguí a mi musa hasta el salón, donde ella ya se había instalado con algo para picar y una sábana cubriendo su cuerpo. Se encontraba tumbada en el sillón y me miraba con cara de satisfacción. Yo me había puesto el pantalon del pijama mientras la seguía.

- ¿Por qué ha ocurrido todo esto? -dije, mientras me sentaba a su lado en el sillón- ¿Cómo hemos podido terminar así?
- ¿Es que no te ha gustado? -dijo ella con una mezcla de risa y preocupación.
- No, no es por eso. Me refiero a que no termino de creerme que hayamos acabado en mi cama sin más, sin siquiera conocernos...
- Así es como se hace ahora, ¿no? -sonreía, pero eso me desconcertaba- La gente ya no le toma nada de importancia a los sentimientos, y era lo que necesitabas tú.
- ¿Entonces esto lo has hecho simplemente por mí?
- No, no es sólo por tí. Yo también necesitaba una terapia de choque. ¿Crees que eres al único que le ocurren desgracias y le cuesta salir de amores malos?
- No se sale de un mal amor borracho y follando con un desconocido a altas horas de la noche...
- Eso es que no te ha gustado...
- Joder, Elena, no me refiero a eso. Me refiero a que, si tan dolidos estamos por el amor... ¿Por qué terminamos en esta situación? Si nos enfrentamos a estas situaciones, lo hacemos siempre con esa persona en la cabeza...
- Mira -dijo ella, acercándose más a mí y abrazándome- Siempre estás haciéndote preguntas sin sentido. Respóndeme a ésta: ¿qué hacias antes de conocer a la tía esa?
- Pues... salía por otros sitios.
- ¿Y qué buscabas en esos sitios?
- Alguien especial...
- Un tio muy chapado a la antigua. Tienes que vivir en el presente, y en el presente los sentimientos no valen para nada. Vale más tener dinero y una buena polla que ser un amante de fábula que estará sirviendo a su amada de por vida. Las niñas ya no creen en los cuentos de hadas...
- Y eso es lo que estás haciendo tú, ¿no? Aprovecharte de mí sin más...
- He de admitir que tienes las dos características básicas para subsistir en la sociedad actual -Me sentí halagado sabiendo lo que ella pensaba acerca de mi zona más íntima- pero yo no sigo esas reglas.
- Y dime, ¿cuáles son tus reglas?
- ¿No le pediste una semana libre a tu jefe? -me dijo ella, mirándome con unos ojos que podrían desorientar al más sabio de los pensadores- las irás descubriendo a lo largo de los siete días que pase aquí contigo...

04. Puedo intuir qué ha ocurrido...

¿Dónde estoy...? ¿Qué hora es...?

Voy a resituarme. ¿Qué ha ocurrido? Lo primero es mirar a mi alrededor. Estoy en una cama, concretamente en la mía. Son las dos de la mañana, y lo más extraño es que no estoy en el garito de siempre. A mi lado está ella, durmiendo... ¿Qué hace aquí...? Ah, ya recuerdo. Lloré y lloré en su regazo durante mucho tiempo. Luego... luego fuimos a la cocina. Si, fuimos a la cocina, y saqué algo de comer y de beber. Cenamos y bebimos, pero ¿qué bebimos? Ah, Vodka. Ahí está la botella vacía de Absolut, tirada por los suelos. La compré hace dos meses y no la había estrenado...
Lo que no recuerdo es qué ocurrió después... Espera, ¿qué es eso que está al lado de la botella de Absolut? Parece... No, no lo parece. Es un sujetador. Entonces... Vale, puedo intuir qué ha ocurrido...

- Elena... Despierta... -con suaves golpecitos traté de despertar a mi acompañante, pero lo único que hacía era ronronear como una gatita y acurrucarse más y más- Dios mío, ¿qué he hecho?

Tras tratar de forma fallida despertar a la joven que estaba a mi lado, me levanté de la cama. Estupefacto contemplé mi cuerpo desnudo, y rápidamente busqué mi ropa interior, situada a escasos metros del sujetador. Busqué mi ropa de pijama y comencé a mirar por toda mi casa para reconstruir los hechos.
Había dos vasos en la mesa. Los hielos ya estaban derretidos, mezclados con los restos del combinado que antes contenían. Pero no era vodka, sino Ron. Ron Brugal, concretamente, mezclado con refresco de cola. Y, como ocurría con el Absolut, la botella estaba a estrenar. Me había bebido a medias con mi musa personal casi todo mi minibar (Que constaba de una botella de Brugal, otra de Absolut y una de Jack Daniel's). Sobre la mesa había una caja de un DVD, y también estaba mi camiseta... Y la suya. Qué borrachera, me dolía la cabeza e iba tambaleándome por toda la casa.

Fui directo a mi ordenador. Abrí mi cuenta de Hotmail y le mandé un e-mail a mi jefe:

Buenas noches, señor Carrasco.

Voy a pedirle esa semana libre que mantengo pendiente por motivos personales.
Espero que pueda comprenderme y le agradecería que me mantuviese al corriente de los acontecimientos más importantes en lo que a mi labor se refiere.

Un saludo.

Mientras pinchaba en "Enviar" después de haber puesto el asunto del e-mail y el destinatario, noté unas manos que recorrían mi torso y unos labios que se posaban en mi cuello. Mi vello se erizó, y comencé a temblar.

- ¿Qué ocurre? -preguntó casi en un susurro. Ahora su voz dulce me resultó incluso más exquisita, pero un sentimiento de culpabilidad me rodeaba.
- Eso me pregunto yo... ¿Qué ha ocurrido?
- Demasiado alcohol en vena, ¿eh? -una risa suave me hizo estremecer- no ocurrió nada raro, tranquilo.
- ¿A qué te refieres con raro? -dije, dándome la vuelta y mirándola a los ojos, esos ojos oscuros que me envolvían... Su pelo estaba enmarañado, pero ese factor no la hacía restar belleza a su inocente cara. En sus labios quedaban los restos de lo que antes era un color rojo pasión, y el maquillaje de sus ojos estaba corrido por completo. Tenía un aire casi salvaje que me atrapaba aún más.
- Teniendo en cuenta que lo único que me cubre es una sábana y que te has tenido que poner esos boxers que lanzaste por los aires... Creo que sabes muy bien lo que ha ocurrido.
- No entiendo cómo he llegado a este punto... Ha tenido que ser el alcohol, yo no...

Antes de que pudiese gesticular otra palabra más, sus dulces labios se posaron sobre los míos. En ese momento dejé de pensar, de sentir, de imaginar... Casi por instinto mis brazos levantaron en volandas a la joven Elena y la lancé contra la cama.

Y, tal y como me dijo que hice la última vez, lancé mis boxers por los aires...

03. Tiéntame, acaríciame...


Era domingo, y no tenía que ir a trabajar, aunque parece que ella no tiene ninguna otra ocupación. Nos tiramos unas cuantas horas charlando sobre temas sin sentido, y después de pedir algo para comer ella se quedó dormida en el sillón de nuevo. Pero esta vez la llevé hasta la cama en brazos. Teniendo en cuenta que es bastante pequeña de estatura y peso no me fue costoso.
Después de taparla, me fijé en la mesilla de noche. El cajón estaba abierto, y en él reposaba una carta. Aquella carta que iba a entregar a Gina aquel día en concreto. Me senté en el borde de la cama y abrí el sobre para volver a leer el contenido, que decía así:

Hola, mi amor.

Ya perdí la cuenta de los días que llevo contigo, porque cada uno es más maravilloso aún que el anterior. Todos esos instantes quedan grabados en mi memoria, y es algo que me intriga, porque nadie aún ha podido hacerme sentir tan feliz como lo has hecho tú.
¿Recuerdas aquella tarde en el parque? Qué placer era para mí caminar a tu lado, notando la suavidad de tus manos en las heridas de las mías, saboreando tu dulce paladar y tus sabrosos labios... Parecía que aquel momento no tendría final. Y, cuando ya se acercaba el momento de separarnos, tu fantástica idea me sacó una sonrisa... La noche eterna de la pasión desatada.
No quiero enrrollarme con la palabrería, sabes muy bien que cuando pienso en tí las palabras salen solas... Esta carta tiene un propósito en especial, y es el contenido de este sobre.

Busqué en el sobre aquel colgante de oro con la fecha del inicio de nuestra relación grabada en un pequeño corazón, el cual tenía diamantes incrustados.

Este colgante es sólo un pequeño detalle que deseo que conserves como prueba física del amor que siento por tí, aunque ningún bien material posible podría compararse con todo lo que siento por tí.
¿Por qué te lo entrego en una carta? Es sencillo. Soy demasiado tímido para dártelo sin más, y quiero que conserves algo escrito sobre mí.
Voy a incluir un pequeño poema, así la carta tendrá algo de sentido...

Tiéntame, acaríciame
lléname cada instante de ti,
haz que cada noche sea un sueño
y cada despertar una sonrisa,
lléname de ti
y llévame a tu amor.

Tras leer el poema, eché a llorar. Eran unos versos muy especiales, y no podía hacer otra cosa cuando algo evocaba el recuerdo de esa persona tan especial que ahora no estaba a mi lado.
Dejé la carta y el colgante sobre la mesilla de noche y seguí llorando mientras, desgraciadamente, mi memoria me devolvía aquellos momentos con la persona a la que amaba.

- Bonitos versos, pero creo que va siendo hora de dejar de derramar lágrimas por alguien que ya no está a tu lado -su voz, dulce y tenue, me sacó del sopor en el que me encontraba. Ya había oscurecido, aunque eran las seis de la tarde.
- No puedo evitarlo...
- Te entiendo, no tienes por qué darme explicaciones.

Con delicadeza, mi musa se sentó a mi lado y guardó la carta en el sobre. Tras ello, tomó el colgante en sus manos. Miró la inscripción del corazón y después me miró a mí.

- ¿Tienes pensado hacer algo con este colgante? -me dijo, con una sonrisa en sus labios que despertaba en mí un sentimiento de alegría, aunque no la suficiente para calmarme.
- No, puedes quedártelo. Aunque esa fecha para tí no tiene ningún significado...
- No te preocupes por eso, yo me encargo.

Después de guardar el colgante en el bolsillo de su pantalón me abrazó. No sabía qué decir, ni qué hacer. Simplemente apoyé la cabeza en su regazo y continué llorando.