
- Son las tres y media de la mañana, tío. Espero que sea importante...
- Traigo una carta para la señorita Elena Ibarra.
- ¿Qué demonios...?
- ¿Se encuentra aquí?
- Si, pero está durmiendo. Deme la carta, ya se la entregaré yo cuando se despierte.
- Siento las molestias.
¿Qué cojones está ocurriendo aquí? ¿Cómo demonios saben que Elena está aquí? Y todo para traerla esta carta. Sólo tiene el nombre de Elena puesto, pero no pone dirección ni nada. El remitente es Javier Ibarra. Será algún familiar suyo, pero sigo preguntándome por qué demonios saben que Elena está aqui.
Aunque, ahora que lo pienso... Ya leí el mensaje de Victor. Creo que si leo esta carta tampoco va a pasar nada...
Querida Elena:
Te escribo esta carta desde el Hospital de la ciudad. Creo que puedes saber por qué lo hago desde aquí y no desde casa. Básicamente, se ha extendido y no hay tratamientos posibles para curarme. Dicen que, con una quimioterapia especial, pueden alargar mi vida un mes, porque me han dado unos días de vida si tengo suerte y si no sigo el tratamiento. Pero, ¿qué importará una semana antes o una semana después? Y no quería morir sin antes decirte algunas cosas que nunca me atreví a decirte.
Ya sé que la situación en casa no era buena, pero hice lo que pude para criarte con todos los caprichos posibles. ¿Sabes cuánto me costó aquella casa de muñecas con la que jugabas de pequeña? Me costó estar fuera de casa durante un mes entero, trabajando de sol a sol, y todo para que mi niña fuese feliz. Todo para mi niña. Sabes que tu madre no puede hacer mucho más por tí, y también sabes que no es muy dada a mostrar todo su afecto, pero ella te quiere mucho, y seguro que ahora necesitará un pequeño apoyo.
Qué más puedo decir... Mi vida empezó a tener sentido cuando te tuve en mis brazos. Hace 19 años que soy feliz, y hace 16 que me dijeron que tenía esta enfermedad. Aún así, he disfrutado de todo este tiempo contigo, viéndote crecer día a día y sonreir día a día. No me importaba cómo, no me importaba ni cuándo ni dónde. Simplemente me importaba que tú estuvieses bien, porque simplemente ver tu sonrisa me hacía feliz.
Y ahora que me estoy muriendo quería decirte lo afortunado que me siento sabiendo que tú, estés donde estés, me querrás como yo lo hago a tí. Sé que soy muy empalagoso, pero no tendré la oportunidad de decírtelo de nuevo más.
Sé feliz, y no te dejes llevar por los problemas que te rodean. La vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento. Moriré pronto, pero serás tú lo último que recorra mi cabeza antes de entrar en el sueño eterno, y eso me anima.
Te quiero, mi ángel. No te olvidaré jamás, y espero que tú a mí tampoco.
- ¿Qué ocurre, David? -me preguntó Elena, desde la cama- ¿Quién era?
- Elena... -dije con voz temblorosa- Ven aquí ahora mismo.
- ¿Qué ha ocurrido? -me preguntó preocupada- ¿qué es esa carta?
- Creo que deberías leer esto. Yo iré a por agua, porque seguramente necesites echar un trago después.
Y así fue. La tinta de la carta estaba corrida por las lágrimas que caían de las mejillas de Elena. Lloraba como una niña pequeña sin consuelo posible. Yo tampoco fui capaz de hacerla reaccionar.
Hice que se vistiese y la llevé al hospital para que viese a su padre y hablase con él. Las enfermeras rehusaban a dejarnos entrar debido a que el horario de visitas ya había terminado, pero las lágrimas de Elena eran suficiente para hacer la vista gorda y llevarnos a la habitación de Javier Ibarra.
En la puerta de la habitación había dos enfermeros y un médico. Éste tenía un informe en la mano, en el cual escribía algo.
- Disculpen, este no es horario de visitas -dijo, al vernos.
- Sólo quiero ver a mi padre... -balbuceó mi acompañante.
- ¿Es usted Elena Ibarra?
- Si, soy yo.
- Tiene que firmar aquí -dijo, enseñandole un formulario- porque es la única familiar cercana.
- ¿Qué es?
- Pues... -el doctor se sintió un poco cohibido al hablar- es el certificado de defunción. Su padre ha muerto hace unos minutos. Lo último que dijo fue "Elena". Lo siento mucho.
Esa noche, Elena y yo la pasamos al lado del cuerpo de Javier Ibarra. Ella apenas parpadeaba, y yo no podía contener las lágrimas mientras la abrazaba. No dijo nada hasta que se llevaron el cuerpo para ser enterrado.
- No quiero ir -dijo Elena, mientras la llevaba al cementerio- no quiero ver a mi madre.
- ¿No vas a ir al entierro de tu padre? -dije, atónito.
- No se va a mover de ahí, podremos verle en otro momento.
No discutí más, y dirigí el coche a casa de nuevo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario