XXXI
Nuestra pasión fue un trágico sainete
en cuya absurda fábula
lo cómico y lo grave confundidos
risas y llanto arrancan.
Pero fue lo peor de aquella historia
que al fin de la jornada
a ella tocaron lágrimas y risas
y a mí, sólo las lágrimas.
Elena está durmiendo, ha sido un día muy duro y no dejó de llorar hasta que se quedó dormida por agotamiento. Yo sigo tumbado a su lado, pero mientras espero a que se despierte leo un poco.
Podré leer las Rimas de Bécquer diez millones de veces, pero jamás me cansaré de ellas. Todo el amor que es capaz de expresar, y todo el dolor que puede transmitir no tienen igual en el mundo actual.
Recuerdo cuando leí el libro por primera vez...
Era una tarde de otoño. Las hojas caían a mi alrededor y la lectura se hacía más placentera en el parque escuchando la naturaleza. Los niños jugaban, las parejas paseaban y no había motivos por los que preocuparse. Estaba nublado, y tenía pinta de que iba a llover, pero ese motivo no me turbaba en absoluto. Amo la lluvia, y sería el broche de oro a una bella tarde.
Lo bueno es que la copa del árbol me protegía, y comenzó a chispear. Todos se dispersaron, excepto una chica, que se acercó al árbol donde yo me cobijaba.
- ¿Podría resguardarme aquí? -dijo con una inocente voz.
- No veo por qué no -dije, haciéndola un hueco a mi lado. Ella se sentó y miró mi libro.
- Cómo era... Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar...
- Esa es una de las más conocidas -por primera vez me fijé bien en la chica. Era rubia, muy guapa, y tenía los ojos claros. Su sonrisa me atrapaba, y su mirada me atraía.
- Pero esas son de las más tristes, la verdad...
- Si, yo prefiero otras.
- Si ahora mismo tuvieses que decirme alguna de esas rimas para conquistarme, ¿cuál utilizarías?
Me quedé asombrado. ¿A qué venía esa pregunta? Si ni siquiera la conocía...
- Hombre... ¿para qué querrías que yo te conquistase?
- No creo que un hombre con pareja le guste sentarse a leer bajo la lluvia pudiendo estar con la mujer de su vida...
- No sé...
- Vamos, impresióname...
Dudé un momento, escogí cuidadosamente las estrofas y recité con toda la energía que tenía...
- ¿Qué es poesía? —dices, mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía...? ¿Y tú me lo preguntas?
¡Poesía... eres tú!
- No pensé que fueses a utilizar mi favorita...
- También es mi favorita. ¿Te conquisté?
- Bueno, no te lo voy a negar... -dijo, un poco sonrojada.
- Por cierto, me llamo David. Encantado de conocerte...
- Gina, me llamo Gina.
- Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar... -dijo Elena, mirándome desde la almohada- y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán.
- ¿Te gusta Bécquer?
- No tanto como a tí, por lo que parece...
- ¿Por qué lo dices?
- Yo no lloro leyendo.
Era cierto. Dos lágrimas recorrían mis mejillas y se perdían entre mi barba. Recordar aquello me hizo sentir un poco mal, pero nada que no curasen los besos de mi musa...


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