jueves, 26 de noviembre de 2009

12. Pues hoy no es tu día, machote...


Ha sido una mañana productiva, de alguna forma. Elena parecía muy desanimada, pero la he llevado de compras por el centro y he conseguido arrancarla una sonrisa. Además, hemos ido a comer a un restaurante de comida asiática, la cual parece que le encanta. Después paseamos un rato por la ciudad abarrotada. Llovía, pero parecía que a ella le gusta la lluvia tanto como a mí.
Ahora estoy sentado tranquilamente, con ella apoyada sobre mí mientras mira su móvil. Yo sigo leyendo Bécquer, y no parece que le moleste. La casa está tranquila. Oscuridad casi total, el sonido de la lluvia en la calle, de las hojas de mi libro al pasar y del corazón de Elena palpitar.

- He de salir un momento -dijo, al cabo de un rato- Espero que no te importe...
- ¿Por qué tendría que importarme? -dije, un poco extrañado.
- No sé... ¿No te preocupa que salga por esa puerta y no vuelva a entrar aquí más?
- ¿Tienes pensado no volver? -pregunté, con curiosidad.
- La verdad es que tenía pensado volver en un rato, pero si no quieres...

No dejé que hablara más. Corté la conversación con un beso. Fue instintivo, casi espontáneo, pero por suerte fue correspondido. Tras largos minutos, separó sus dulces labios de los míos y se fue.

Ya era de noche, y yo había terminado ya de leer todas las Rimas. Hacía Zapping sin buscar nada en especial y, cuando me cansé, me puse a recoger la cocina. Pude ver que el cubo de basura estaba lleno, y ya que no tenía nada mejor que hacer me dispuse a llevar la bolsa al contenedor.
Bajé las escaleras a oscuras porque era muy tarde. Estaba preocupado por Elena, pero era lo suficientemente responsable como para volver sana y salva.
Antes de salir, dentro del portal, en la zona más oscura, había dos personas. No podía distinguir sus caras, ni lo que decían. Pero podía saber por el tono de las voces que eran un hombre y una mujer.
No se percataron de mi presencia, y antes de salir por la puerta principal me paré a escuchar lo que decían por un instante.

- ... no seas frígida, ambos sabemos lo que queremos -dijo el hombre, con un tono de voz seductor.
- Aquí no, Axel -dijo la chica, susurrando- ¿es que quieres que nos vean?
- ¿Que nos vea quién? -dijo el tal Axel, subiendo el tono de su voz- son las once de la noche.
- No quiero y punto, tengo cosas que hacer.
- Te arrepentirás. Sabes que yo no paro hasta conseguir lo que me propongo...
- Pues hoy no es tu día, machote -susurró la chica, antes de subir escaleras arriba.

Yo me fui al contenedor que había dos calles más atrás pensando en la extraña pareja que había en mi portal. ¿Qué demonios iban a hacer? Me estoy quedando anticuado...

Cuando volví a casa, Elena estaba tumbada en el sillón.

- ¿Dónde te habías metido? -dijo, con tono de preocupación- Volví a casa y no estabas, pensé que el que se había ido para no volver eras tú.
- Fui a tirar la basura. Los cubos están un poco lejos de aquí. ¿Dónde has estado toda la tarde?
- He ido a visitar la tumba de mi padre -respondió- No quería hacerlo en presencia de mi madre.
- ¿Qué ocurrió con tu madre?
- Verás, ella y yo nunca nos hemos llevado bien. Cuando tenía 12 años me obligaba a ir a por drogas para ella y me pegaba... Además, es bulímica. Mi padre no aguantaba eso, y trató de ayudarla, pero no pudo. Era un hombre muy honrado, y estaba enamorado de mi madre. Si no, ya la hubiese dejado.
- ¿Y por qué no estaba en el hospital?
- Porque sabía que iría yo. Ella me odia, y siempre hace lo posible por no verme.

Después de aquella charla, ambos tomamos algo ligero para cenar y nos fuimos a la cama. Primero pensé que ibamos a dormir, pero cuando me estaba poniendo el pijama una mano tiró de mi camiseta para lanzarme contra el amplio colchón. Esa noche, Elena quería guerra...

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