jueves, 19 de noviembre de 2009

04. Puedo intuir qué ha ocurrido...

¿Dónde estoy...? ¿Qué hora es...?

Voy a resituarme. ¿Qué ha ocurrido? Lo primero es mirar a mi alrededor. Estoy en una cama, concretamente en la mía. Son las dos de la mañana, y lo más extraño es que no estoy en el garito de siempre. A mi lado está ella, durmiendo... ¿Qué hace aquí...? Ah, ya recuerdo. Lloré y lloré en su regazo durante mucho tiempo. Luego... luego fuimos a la cocina. Si, fuimos a la cocina, y saqué algo de comer y de beber. Cenamos y bebimos, pero ¿qué bebimos? Ah, Vodka. Ahí está la botella vacía de Absolut, tirada por los suelos. La compré hace dos meses y no la había estrenado...
Lo que no recuerdo es qué ocurrió después... Espera, ¿qué es eso que está al lado de la botella de Absolut? Parece... No, no lo parece. Es un sujetador. Entonces... Vale, puedo intuir qué ha ocurrido...

- Elena... Despierta... -con suaves golpecitos traté de despertar a mi acompañante, pero lo único que hacía era ronronear como una gatita y acurrucarse más y más- Dios mío, ¿qué he hecho?

Tras tratar de forma fallida despertar a la joven que estaba a mi lado, me levanté de la cama. Estupefacto contemplé mi cuerpo desnudo, y rápidamente busqué mi ropa interior, situada a escasos metros del sujetador. Busqué mi ropa de pijama y comencé a mirar por toda mi casa para reconstruir los hechos.
Había dos vasos en la mesa. Los hielos ya estaban derretidos, mezclados con los restos del combinado que antes contenían. Pero no era vodka, sino Ron. Ron Brugal, concretamente, mezclado con refresco de cola. Y, como ocurría con el Absolut, la botella estaba a estrenar. Me había bebido a medias con mi musa personal casi todo mi minibar (Que constaba de una botella de Brugal, otra de Absolut y una de Jack Daniel's). Sobre la mesa había una caja de un DVD, y también estaba mi camiseta... Y la suya. Qué borrachera, me dolía la cabeza e iba tambaleándome por toda la casa.

Fui directo a mi ordenador. Abrí mi cuenta de Hotmail y le mandé un e-mail a mi jefe:

Buenas noches, señor Carrasco.

Voy a pedirle esa semana libre que mantengo pendiente por motivos personales.
Espero que pueda comprenderme y le agradecería que me mantuviese al corriente de los acontecimientos más importantes en lo que a mi labor se refiere.

Un saludo.

Mientras pinchaba en "Enviar" después de haber puesto el asunto del e-mail y el destinatario, noté unas manos que recorrían mi torso y unos labios que se posaban en mi cuello. Mi vello se erizó, y comencé a temblar.

- ¿Qué ocurre? -preguntó casi en un susurro. Ahora su voz dulce me resultó incluso más exquisita, pero un sentimiento de culpabilidad me rodeaba.
- Eso me pregunto yo... ¿Qué ha ocurrido?
- Demasiado alcohol en vena, ¿eh? -una risa suave me hizo estremecer- no ocurrió nada raro, tranquilo.
- ¿A qué te refieres con raro? -dije, dándome la vuelta y mirándola a los ojos, esos ojos oscuros que me envolvían... Su pelo estaba enmarañado, pero ese factor no la hacía restar belleza a su inocente cara. En sus labios quedaban los restos de lo que antes era un color rojo pasión, y el maquillaje de sus ojos estaba corrido por completo. Tenía un aire casi salvaje que me atrapaba aún más.
- Teniendo en cuenta que lo único que me cubre es una sábana y que te has tenido que poner esos boxers que lanzaste por los aires... Creo que sabes muy bien lo que ha ocurrido.
- No entiendo cómo he llegado a este punto... Ha tenido que ser el alcohol, yo no...

Antes de que pudiese gesticular otra palabra más, sus dulces labios se posaron sobre los míos. En ese momento dejé de pensar, de sentir, de imaginar... Casi por instinto mis brazos levantaron en volandas a la joven Elena y la lancé contra la cama.

Y, tal y como me dijo que hice la última vez, lancé mis boxers por los aires...

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