viernes, 20 de noviembre de 2009

06. Y no dijo nada más


Una semana. Siete días viviendo con la más maravillosa de las mujeres y, a la vez, con el más complicado de los misterios, el cual reside en mi corazón.
Mi casa está desordenada, mi mini-bar seco y ahora parece que mi casa está más vacía aún. Elena dijo que saldría un momento, y hace ya unas dos horas que se fué.
Seguramente es cierto, sólo me quería para pasar una buena noche, vaciar mi despensa y largarse para no volver más. Y ahora estoy mirando a la puerta, sin pensar en otra cosa que no sea su regreso. ¿Dónde demonios se ha metido?

Mientras recogía el desorden en el que se había convertido mi casa, encontré un móvil. No era el mío, y por mi casa no ha pasado nadie desde que Gina se fue. Por tanto, el móvil sólo puede ser de Elena. Tenía un mensaje sin leer, y no pude evitar abrirlo.

Ya no te diré nada más, Elena. Eres una niñata, no tienes conocimiento ninguno de lo que es el amor y sólo vives por encontrar una buena polla que meterte a la boca. Espero que tu próxima víctima sea inteligente y te eche de su vida cuanto antes. Hasta nunca.

El que creó este mensaje se llamaba Victor, según ponía en el móvil. Seguía leyendo esas líneas con la boca abierta cuando de repente escuché un ruido. Era el de unas llaves abrir la puerta de casa.
Elena entró con varias bolsas de plástico y una mochila pequeña, y me dirigió una mirada de disculpa.

- Siento haber tardado tanto -dijo con esa dulce voz que la caracterizaba- El tipo de la joyería tardó más de lo que esperaba, pero por fin terminó. Por cierto... ¿Qué haces con mi móvil?
- Te mandaron un mensaje... -respondí con un tono de culpabilidad- No podí evitar leerlo.
- ¿De quién es? -preguntó ella mientras sacaba comida de las bolsas de plástico
- De un tal Victor... -al decir esto, el frasco de cristal que sostenía se le cayó al suelo.

Temblando, se acercó a mí y leyó el mensaje, sentada a mi lado. Comenzó a escribir una respuesta, pero instantes después echó a llorar sin consuelo. En un ataque de rabia lanzó el teléfono por la ventana, que afortunadamente se encontraba abierta. De su boca solo salían infamias y menciones a los familiares tanto vivos como difuntos de aquel que le mandó el mensaje. Tras eso, continuó llorando.

- Yo... -parecía que se había olvidado de hablar- no quería terminar así, yo...
- Tranquila, Elena -la dije, abrazándola- te comprendo. No tienes por qué decir nada más.

Y no dijo nada más.

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